COVID-19. DE EPIDEMIAS ASENTADAS A UTOPÍAS EMERGENTES

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Fuente de la imagen: Soho

Precario sistema del bienestar, globalización y urbanismo contraproducente

Nos encontramos inmersos en una crisis sin precedentes, que está golpeando de manera evidente nuestro modo de vida actual. En esta ocasión, se llama COVID-19, pero que a nadie le quepa duda alguna, de que podría tener diversas formas o distintos nombres. El problema real no es única y exclusivamente el virus, sino que éste, es una consecuencia más de un sistema depredador globalizado que se asienta en una sociedad de consumo, y que a su vez ésta, se estructura sobre un urbanismo salvaje, donde cientos de miles de personas viven hacinadas en grandes urbes. Y claro, esto sin contar que en estos momentos contamos con un frágil sistema de bienestar, plagado de recortes y falto de medios. Me atreveré a decir que en una situación crítica como la actual (en un Estado de 47.100.396 millones de habitantes -según el INE-) aunque tuviésemos el mejor de los sistemas sanitarios; los movimientos transnacionales frecuentes, el  fuerte individualismo o la dependencia económica del sistema capitalista, muy seguramente, nos llevarían a una crisis socio-sanitaria muy similar a la que se está viviendo en China, Italia o el Estado español.

En los últimos días, estamos observando como la situación actual ha sido beneficiosa desde ópticas ambientales en lugares como el norte de Italia o las zonas más afectadas de China. Cierto es que el Coronavirus es una enfermedad, pero no debemos olvidar, que esto a lo que llamamos causa primera de la crisis, no deja de ser una consecuencia de un sistema neoliberal que construye y destruye relatos sociales a favor de los poderosos, y que siempre, acaban pagando las mismas, las de abajo.

En relación con esto, decir  que sea Madrid el sitio más afectado no tiene misterio alguno, de igual manera, que sea el mayor foco de infección tampoco reviste duda alguna. Todo esto se reduce a un mismo factor, Madrid es una bestia, y no por ser la capital del Estado español como dirían muchos soberanistas, sino más bien, por ser una región antinatural y antipersonas donde la gente no vive, sino que sobrevive, de la mano de jornadas laborales exhaustas que se componen de las horas de trabajo, más el desplazamiento pertinente. Esto sin contar con que esa clase trabajadora madrileña vive en su gran mayoría en ciudades dormitorios pagando alquileres desorbitados, y en las cuales por si fuera poco, apenas disfrutan de espacios verdes de calidad. En otro orden de cosas pero totalmente en consonancia con esto último, que en Madrid vivan millones de personas ha repercutido en que algunos lugares de la sierra de Guadarrama, se conviertan en verdaderos parques temáticos los días festivos, o donde también y por desgracia, los pueblos de la llamada “sierra pobre madrileña”, la peor comunicada y más abandonada, mueren y no ofrecen ningún futuro a sus jóvenes más alla del que les ofece la emigración.

Todo esto no tiene ningún sentido, como tampoco tiene ninguna lógica desde un punto de vista de repartición demográfica de la población. ¿Cómo puede ser que los dos territorios que rodean la región de Madrid no superen juntos en número de habitantes a ésta, cuando la “provincia gata”, es infinitamente más pequeña en metros cuadrados que las comunidades autónomas de Castilla la Mancha y Castilla y León? El motivo de esta chapuza sociodemográfica es facilitar las cosas a los y las capitalistas transnacionales. O sea, es mucho más fácil centralizar la actividad comercial en un pequeño territorio y desde ahí, controlar y mover su capital, que por el contrario y como debería ser, dispersar la riqueza, diversificarla y redistribuirla entre todos los territorios de una nación.

Cabe destacar, que cuando se conformó el estado de las autonomías, eran muchos los políticos castellanos que no querían a Madrid dentro de lo que debería de haberse llamado Castilla la nueva, o en el mejor de los casos, Castilla, como sujeto político-histórico que es. No la querían, porque sabían que toda la riqueza de la futura autonomía castellana revertiría en Madrid por su papel de capital del Estado, y esto qué duda cabe, de que restaría mucha importancia al resto de ciudades castellanas. Gran error a mi entender, el desmembrar un sujeto sociocultural por motivos meramente económicos, generando por el contrario, una construcción social que desde los años sesenta a nuestros días ha desvirtuado el modo de vida natural y ha obligado a millones de personas a vivir en entornos urbanos agresivos, masificados y decadentes.

Pues bien, el COVID-19 nos enseña los dientes y nos demuestra que a parte de su procedencia o a quien beneficia económicamente su existencia, el sistema neoliberal en todas sus esferas es un caos. Un caos, porque a la vista está que en un mundo sumamente transnacional donde nos vamos de weekend a London o donde comemos aguacates de Sudáfrica, cuando explota un brote epidemiológico en una parte del mundo, éste, estará llamando a nuestras puertas en cuestión de semanas, o de días en el peor de los escenarios. Y no solo eso, sino que además, cuando se dan este tipo de situaciones lo que más importa es cómo se siguen generando beneficios sin parar la producción; engordar el PIB, sin dedicar ni un minuto de atención a cómo esa situación sanitaria afectará a los y las trabajadoras. Y así pasa, una pandemia que se podía haber frenado mucho antes, no se ha parado por las presiones de la clase empresarial y de las consecuencias económicas que tendría un cierre preventivo de la economía.  Ahora bien, ese cierre que se ha tenido que terminar aplicando, no sabemos que consecuencias futuras tendrá en la economía, y sobre todo, cómo afectará, y cómo esta afectando esta situación de incertidumbre económica a la clase trabajadora; ERES, ERTES, despidos o la imposición de muchas empresas a obligar a sus empleados a cogerse vacaciones obligatorias, se han convertido desgraciadamente en el pan nuestro de cada día.

Me decía ayer un amigo que escribiera algo al respecto de qué pasará cuando todo esto acabe, qué panorama está por venir, y cómo podemos analizar todo esto desde un punto de vista antropológico o sociopolítico. Como primera premisa diré una obviedad, en los próximos meses tras finalizar esta crisis, se llevará a cabo un desbordamiento de los sindicatos, seguramente un incremento del número de afiliados, y en último término, la situación anómala que ha provocado el COVID-19, nos podrá llevar a un marco de huelga general derivada de las consecuencias que pagará en esta crisis la clase trabajadora. Por otro lado, esas posibles protestas nada tendrán de interesantes o beneficiosas si las mismas, vuelven a canalizarse institucionalmente. Es decir, no necesitamos, como derivó del 15-M, ningún Podemos 2.0. Según yo lo veo, necesitamos la creación de una “red popular” que consiga organizarse con el objetivo de poder generar bienes y servicios desde la horizontalidad, el apoyo mutuo y la cooperación. Muchos me dirán que eso suena muy bonito pero que es inviable, y yo les digo, que más inviable es modificar el desaguisado actual dentro de los marcos de la política institucional. No podemos y lo he repetido en multitud de ocasiones, tomar el poder político sí quien genera el empleo es la CEOE y los grandes capitales internacionales. Y así pasa, que en situaciones como en la actual, las trabajadoras tenemos que esperar que sean las patronales aquellas que paralicen la producción o la venta, y claro, la gran mayoría de ellas se niegan sin importarles un carajo nuestra salud o la de nuestras familias. Fruto de esto, es ver como a día de hoy en plena cuarentena metros como el de Bilbao son hervideros de gente, o como, en la megalópolis madrileña sus gentes humildes se apilan en la Renfe para prestar servicios que poco tienen de indispensables o de primera necesidad.

Estos días, también estamos viendo a multitud de deportistas y famosos de toda índole, dándonos lecciones de que nos quedemos en casa, eso sí, desde sus casas con jardín o sus lujosos áticos con terraza. En fin, muy fácil y cínico resulta dar esos consejos, cuando no falta de nada en un entorno amplio y con todas las necesidades materiales y de entretenimiento cubiertas. Situación que no se da en ningún caso en las casas colmenas de cientos de miles de trabajadoras, las cuales, se ven encerradas en hogares de unos pocos metros cuadrados sin ni siquiera una terraza para poder despejarse en esta situación distópica que atravesamos. Quien no vea una desigualdad y un conflicto de clase en esta crisis, debe ir a la óptica, que por cierto, es de los pocos servicios que quedan abiertos estos días.

El COVID-19 es un drama, de hecho, a algunas personas nos ha robado despedidas y lutos, al igual que reencuentros con las personas que más queremos en esta vida, nuestra familia y amigos más allegados. Dicho esto y volviendo a la raíz de la reflexión, debo decir que es hora de aprender, de desechar lo que hasta ahora era normal, como por ejemplo, el hecho de viajar de punta a punta del globo como el que va a comprar pan. Es tiempo de reflexión, y de éste, tenemos un rato. Es momento de ver que lo verdaderamente importante no lo podemos comprar ni en Amazon, ni en Globo, ni ver en Netflix. Lo más importante es la socialización, es decir, pasar tiempo con todas aquellas que queremos, ya sea en el monte, en una terraza o en un parque con vuestros hijos e hijas.

No podemos seguir así, no debemos seguir viviendo en lugares tan hostiles y en construcciones urbanas tan anti-personas. Tenemos que retornar a nuestros orígenes, organizarnos laboralmente para devolver la vida a la “España vaciada”. Que no nos quepa duda alguna que el coronavirus puede ser un escarmiento para todos y cada uno de los urbanitas, ya que en momentos así, siempre anhelan huir a sus pueblos o a lugares menos poblados. Esto último que digo no ha sido un simple deseo para muchos madrileños, si no más bien, un camino que muchos han tomado fruto de la irresponsabilidad y el egoísmo.

Toca pensar en la de enfrente, aunque también tenemos espacio en esa reflexión para pensar en todas como colectivo. Colectivo que sólo podrá hacer frente a este tipo de situaciones si se autoorganiza. Si elige la solidaridad continúa y no la coyuntural, si la misma empatiza con las personas refugiadas y entiende que su drama, es el nuestro, ya que las causas de sus movimientos forzosos, comparten mucho con nuestro virus COVID-19. Ambas dramáticas situaciones, se dan en el seno de un sistema donde sólo prima lo económico y el cual no tiene en cuenta los costes humanos; y que sobre todo y por encima de todo, se asienta en la desigualdad de clase, de nacimiento y de condición.

Por ello, construyamos una economía diferente, consumamos de una forma diferente, vivamos en definitiva, entendiendo qué es lo verdaderamente necesario y qué es lo que nos han querido vender como indispensable para nuestras vidas. Desde el mayor homenaje, habiéndote ido en un momento que entenderías como de histeria colectiva y de locura absurda, por tí Perico, pero también por todas nosotras. Regresemos al modo de vida de nuestras abuelas, incorporando a éste, los beneficios del siglo XXI desde la sensatez y el sentido común. No se trata de no volver a tocar un ordenador o no poder usar un teléfono, se trata de no tener tres televisiones en una casa, de no irse de vacaciones a Taiwan como el que va a Soria. Se trata en definitiva de aprender a disfrutar de una cerveza o de un té con los amigos o la familia, no me cabe duda que de esta cuarentena saldremos valorando la verdadera importancia de esto. El tiempo dirá, pero más claro que nunca esta, que o cambiamos o nos cambiaran con estados de alerta, toques de queda o militares en las calles.

Iruña, 17 de Marzo de 2019

Pedro.A Moreno Ramiro “ Perico”

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